Variaciones de Cortázar

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Casi había terminado de escribir el último capítulo de la novela. Sus obligaciones parroquiales estaban resultando ser agotadoras desde que se instalara en su nueva residencia, un pequeño pueblo de la sierra granadina. Debía de atender a distintas poblaciones cercanas, cada una con sus particularidades, con sus exigencias, igualmente, en cada caso. Esa tarde, después de dar por concluidos los oficios religiosos, volvió a su casa.

Empezaba a anochecer, pero desde uno de los ventanales todavía podía verse la frondosa arboleda alpujarreña, plagada de robles, castaños y pinos frescos. Sentado en sus sillón de terciopelo verde, todavía con el alzacuellos puesto, y apoyando los folios en un pequeño escritorio portátil que le había construido su vecino carpintero, se decidió a rematar la tarea que lo había tenido absorto durante los últimos dos años. Ahora que el final estaba tan cerca, recordaba sin dificultad el momento en que decidió cuál sería el desenlace.

Lo había imaginado en incontables ocasiones y también habían sido incontables las veces en las que se dibujó en su imaginación ese rostro níveo azotado por el oscuro viento de la traición y la pasión prohibida. El crujir de los árboles, las pisadas furtivas. El triángulo estaba a punto de romperse. En el hogar familiar, un marido despreciable y cansado de trabajar se dispone a concluir la lectura de una novela que lo mantiene atrapado. A unos cientos de metros, ocultos en una casita de campo, la esposa y su posesivo amante se besan intensamente y prometen encontrarse una vez finalice él la tarea.

Tras ajustar el silenciador de la pistola, ambos salen al exterior. Él rumbo a la casa del lector. Ella, en coche, hacia el hotel de carretera que han marcado como lugar de encuentro. Pocos minutos después, y gracias a la exhaustiva planificación que evita la presencia de perros y mayordomo, el estúpido amante consigue llegar hasta la habitación en la que, confortablemente, su víctima lee no solo el final de un libro, sino el de su propia vida, y sin embargo…

 Le ha dado muchas vueltas al final. Fueron muchos años pensando en los tres personajes y varios dedicados a la redacción de la historia. Los conoce, los ama, los repudia. La idea de jugar con los propios mecanismos del relato lo sedujo casi desde el principio. Un lector que está leyendo una novela en la que se describe el asesinato de otro lector que lee, a su vez, otra novela y que es él mismo. La originalidad de la propuesta es, desde luego, incuestionable. Y, sin embargo, capítulo a capítulo, vigilia tras vigilia, fue surgiendo otra posibilidad muy silenciosamente. El mero planteamiento era, de por sí, muy arriesgado. Es un hombre de fe, comprometido con su labor y, hasta ahora, con sus obligaciones, pero a pesar de sus intentos es incapaz de controlar la pasión y la escritura. 

Mientras está escribiendo las últimas palabras, puede oír en la lejanía las sirenas de la policía, que alteran de forma brusca el silencio cotidiano de una pequeña población de la Alpujarra granadina. Algunos vecinos se han asomado al balcón. Los pocos que caminan a esa horas por la calle comentan, extrañados, las posibles causas. Parece ser, advierte una señora, que ha habido un tiroteo en la casa del dueño de Jamones González y hay dos hombres muertos, pero nada lo detiene en su esfuerzo, casi enfebrecido, por llegar al final. Nada puede ahora preocuparlo.

Porque ya sabe que el mismo coche que se dirigía hacia el hotel de carretera ha tomado, bruscamente, otro desvío. Quien conduce sonríe, ya sin el peso del desprecio, la presión y tanto engaño. Avisar anónimamente al mayordomo ha sido una jugada maestra. Esa mujer de rostro níveo se baja del coche temblando de frío y de alegría. La noche parece descansar sobre las ramas de la arboleda frondosa. Mira hacia el ventanal iluminado. Un hombre, con el alzacuellos puesto, está escribiendo sentado en un sillón de terciopelo verde. Cuando levanta la cabeza, sus miradas se cruzan. Toca el timbre. Una vez dentro, tiene la sensación de encontrarse en casa desde siempre. Entonces él acaricia su mejilla y ella le besa, agradecida, las manos.    

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