LOS ACORDES DE LUZ EN EL HORIZONTE

LOS ACORDES DE LUZ EN EL HORIZONTE

El invierno de los jilgueros

Mohamed El Morabet

GALAXIA GUTENBERG, 287 PÁGS.

Cuando sopla la brisa de poniente, las ciudades y pueblos norteafricanos que dan al mar se iluminan de forma diferente a como lo puedan hacer otras geografías marítimas. No lo hacen ni mejor ni peor, sino de manera distinta. Las calles parecen cubrirse de una luz tostada, elegante, crujiente incluso, que reverbera en la piel de un mar Mediterráneo repleto de vida, repleto de historia. Ciudades que guardan, también, la memoria de un tiempo perdido y olvidado en donde los lazos con la vecina costa española parecían haber amarrado bien un destino común, un diálogo entre culturas diversas que hoy no es más que un eco casi imperceptible, un susurro silencioso apagándose en el horizonte. Es en Alhucemas en donde da comienzo El invierno de los jilgueros, la nueva obra de Mohamed El Morabet, galardonada con el prestigioso Premio Málaga de Novela 2022.

            Cargada de luces, de tejidos coloridos al aire en las azoteas, del olor a mar, a pan recién hecho, a boquerones fritos, la novela se construye en torno a dos narradores y dos formas de discurso. El niño Brahim cuenta en primera persona un momento muy concreto de su infancia, el regreso de su hermano Musa a la ciudad tras participar en la Marcha Verde y la pérdida de su madre. Frente al dolor y a la experiencia de la muerte, la ética del cuidado se materializa en personajes inolvidables como Mimuna, Habiba o Rocío, siempre pendientes de los hermanos y siempre respetadas y queridas por ellos, es decir, todos ellos pueden existir porque pueden verse en los ojos de los demás, porque se relacionan íntimamente con los otros. El yo solo es posible en el nosotros.

            Unos años más tarde, la acción nos sitúa en la ciudad de Tetuán. El punto de vista recae ahora sobre Olga, una profesora madrileña de pintura que recala en la ciudad huyendo de una vida aburrida y poco emocionante al lado de su madre. La forma discursiva es ahora la del diario personal que la narradora va escribiendo a lo largo de una estancia de cinco meses en las que queda maravillada por las capacidades pictóricas de uno de sus estudiantes, Brahim, con quien vivirá un intenso romance que se verá truncado por las presiones sociales y laborales, debido a la diferencia de edad entre ambos. Brahim le regalará a Olga la inmensidad del horizonte mediterráneo en un lienzo que va pintando en casa de la profesora y Olga le dejará de por vida el amor por la música clásica, y entre colores y acordes asoma una de las ideas más potentes de toda la novela, la de la posibilidad de escapar al sufrimiento, de resistir los envites de la vida, a través de la belleza, a través del arte.

            Conforme la historia se acerca a su final, el punto de vista regresa a Brahim, nuevamente en Alhucemas, ahora a cargo de la panadería en la que trabajaba su hermano Musa, gravemente enfermo, cuya cordura parece haberse perdido definitivamente en el recuerdo del desierto. El contraste entre ambos hermanos es el mismo que entre el Mediterráneo y el Sáhara, pero también entre Alhucemas y Tetuán o entre Brahim y Olga, es decir, el funcionamiento de las estructuras bimembres es clave para comprender la novela. Asistimos a la construcción de una identidad, la de Brahim, en la que la belleza y la dureza son indisolubles, porque así es la vida misma. Amor y dolor, alegría y tristeza, mar y arena. Ante el ritmo de la propia vida, Brahim responde con la seguridad de la rutina, del trabajo, de lo conocido. Este es el rasgo que más lo diferencia de Olga, y, sin embargo, a pesar de la separación, y sin volver a nombrarla, ella estará presente en cada vinilo que escuche, en cada melodía con la que descanse en la azotea de su casa.

            Con Satie, Debussy, Bach o Mahler van apagándose las luces de la tarde en Alhucemas, van languideciendo las sílabas del tiempo, mudando los colores, cerrándose una historia, como se cierra la noche. En las páginas finales, los jilgueros nos regalan un último cántico lleno de sorpresas, lleno de horizonte. Un mundo irrepetible. Un mundo inolvidable. 

(Revista Quimera, n.º 466)

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