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RESEÑAS

PARA PODER VIVIR EN PAZ

La promesa

Damon Galgut

(Traducción de Celia Filipetto)

LIBROS DEL ASTEROIDE

324 PÁG.

Con La promesa, el sudafricano Damon Galgut se ha alzado con el prestigioso Permio Booker 2021, que ahora ve la luz en Libros del Asteroide. Conocido internacionalmente por textos como The Good Doctor (2003) o The impostor (2008), Galgut aborda en esta ocasión las relaciones y conflictos de una familia blanca, los Swart, afincada en las afueras de Pretoria a lo largo de varias décadas. Conforme la trama avanza, asistimos como lectores a la caída del Apartheid y lo que ello supone para quienes han gozado hasta entonces de todo tipo de privilegios y ahora se resisten a perder. La colisión de intereses se materializa a la perfección en una promesa incumplida, la que le exige Mariana a su esposo poco tiempo antes de morir: que Salomé, la criada negra que ha trabajado para ellos, y que la ha cuidado con devoción en los últimos meses de su vida, pueda quedarse en una pequeña casa cercana en la que ha vivido desde siempre. Amor, la hija pequeña del matrimonio, es testigo de esa promesa en labios de su padre y, sin embargo, tendrá que ver cómo el tiempo pasa y esas palabras están a punto de no cumplirse.

            La cuestión de la palabra revolotea continuamente a lo largo de la novela (“Que él se haya atrevido a hablar así. Que lo haya verbalizado de esa forma. ¡Ha de ser una maravilla ser hombre!”). Mariana, antes de morir, decide regresar al credo judío que dejó al casarse en su juventud. El pueblo hebreo y el cristiano beben de una misma fuente textual, de la revelación de la palabra divina, aunque sabemos que son los segundos los que creen que la promesa de Dios se cristaliza en la palabra de Jesús. El pulso entre la palabra de Mariana (“Mira cómo vuelan las palabras, como cruzan la puerta de la sala […] Observa cómo se elevan sobre la ciudad y en la pequeña bandada del salmo vuelan hasta la granja”) y la palabra de su marido, Manie, apunta quizás hacia esa dirección, a pesar de que “un cristiano nunca falta a su palabra”. En este sentido es muy sintomática la figura del sacerdote amigo de la familia. Sus intereses, su comportamiento, su casi ceguera total, muy metafórica, y que cuestionan, igualmente, su propia voz religiosa en los sucesivos entierros de la familia. De la misma manera la palabra laica resulta también decisiva. La sombra del testamento (“Eres abogada. Deberías saber que las palabras lo son todo”) y la redacción de la novela inconclusa de Anton nos van a acompañar hasta las últimas páginas. Así, será necesaria la presencia de Amor en los funerales de su familia (Ma, Pa, Astrid y Anton, cuatro nombres que coinciden con las cuatro secciones de la obra) para que se cumpla lo prometido.

            “¿Qué quieren de él? ¿Para qué sirve la familia?” es, posiblemente, una de las claves de toda la novela. Ese “para qué” de Anton se transforma en “por qué” en su hermana Amor. A pesar del paso de varias décadas, la pequeña de los Swart no se rinde en su empeño de que las promesas sean cumplidas. Amor es quien nunca olvida a Salomé y quien tiene casi que olvidarse de su propia familia para poder resistir el dolor por la traición, por el incumplimiento de una promesa que permanece viva en su memoria. Atormentada, dolida, desorientada, Amor es capaz de hallar, finalmente, el sentido de su existencia. A mitad de su vida, todo parece, finalmente, posible. Cumplir es, de algún modo, poder vivir en paz.

(Revista Quimera, n.º 469)

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RESEÑAS

VIVIR EN LAS ESFERAS

Entrevista a Albert Einstein

Tirso Priscilo Vallecillos

(XII Premio de Poesía Federico Muelas)

TREA

120 PÁGS.

El nuevo libro de poemas de Tirso Priscilo Vallecillos se abre con una cita de Albert Einstein a propósito del círculo: “el círculo es la figura geométrica que mejor representa la naturaleza humana: con un centro equidistante, permite que todo fluya y, a la vez, que todo se comparta […] mi círculo está conformado por tres vértices en cada uno de los cuales domina una relación de pareja: el mundo y yo; la ciencia y yo; y la siempre compleja relación que mantengo conmigo mismo. Cada pareja representa una incógnita poliédrica y tan perfecta que jamás será resuelta: hablamos de la paradoja de lo soluble irresoluble”. Es decir, es la figura del círculo o la esfera la que mejor retrato realiza de la condición humana.

            Como señaló Peter Sloterdijk en Esferas, la filosofía de la esfera nos recuerda ese mundo desaparecido de la vieja metafísica, un país encantado de certezas e inquietudes, consolador a la vez que angustioso. Para el filósofo la esfera no es un espacio neutro, sino uno animado y vivido, un receptáculo en el que el ser humano está inmerso. Sin esferas no habría vida. La clave del pensamiento que Sloterdijk desarrolla aquí es que en la comprensión de uno mismo y del mundo, eso que denominamos filosofía, no hay un centro neutral en el que ponerse de acuerdo. La unidad de la razón, del pensamiento, consiste, de esta forma, en la multiplicidad de sus voces.

            Lo que apuntan tanto Einstein como Sloterdijk es que la perfección formal de la figura posibilita la fluidez, la contradicción y la multiplicidad en su interior, y ese es, precisamente, una de las claves para acercarse a la lectura de Entrevista a Albert Einstein.

            En la primera parte, “Albert Einstein y el mundo”, el poeta echa mano de distintos personajes que comparten un discurso alejado de la grandilocuencia. Las distintas voces que hablan en estos textos se acercan a lo que Laura Scarano denomina la poética de lo menor, tan arraigada a lo cotidiano. El mundo, para Leila Slimani, está lleno de cicatrices. La literatura consiste precisamente en buscar en esas cicatrices, en los objetos triviales de la vida diaria, el recuerdo y el testimonio verdadero, vital. Estos poemas dejan sitio a la crítica del neoliberalismo, a la reivindicación de la voz propia como seña de identidad o al recuerdo inmarcesible de la madre. ¿Habrá mayor y mejor esfera que la maternidad?

            La segunda parte, “La ciencia y Albert Einstein”, es un diálogo entre el yo y su interlocutor. Todos los textos giran en torno al amor, quizá la ciencia más demostrable para un sujeto que desea, que ama y que sufre. Lo erótico y lo carnal, como siempre en Vallecillos, se llena de matices, de ironía, de contradicción, de humor, de desengaño. Textos como “Ahí” o “El amor en los tiempos de Pompeya” conforman un discurso amoroso que no es sino otra pieza más del proyecto de escritura que el poeta lleva desarrollando desde hace años.

            Finalmente, en “Albert frente a Albert” el yo se enfrenta a sí mismo, jugándose el todo por el todo en textos tan relevantes como “El hombre-naturaleza”, dedicado al recuerdo de un padre que ha ido pasando por diferentes etapas hasta convertirse en pura comprensión, en pura naturaleza. El ejercicio de rememoración continúa en otros poemas como “Ortigas” o “De sucedáneos y otros sustitutos”. En “Acantilados” estaría otra de las claves del libro. Bastan algunos versos para justificar lo que decimos: “Soy la grieta que avanza por su propio cuerpo / […] Me es imposible existir sin mi debilidad”

            Slimani defiende que la escritura es la experiencia de un fracaso continuo, de una frustración insalvable, de una imposibilidad y, aun así, desde esa certeza, se sigue escribiendo, lo que recuerda aquello de Bolaños de que había que tener valor para escribir sabiendo previamente que uno va a ser derrotado. Eso es pelear, eso es la literatura. En sus manos tiene el lector el último combate, por ahora, de Tirso Priscilo Vallecillos.

(Revista Quimera, n.º 465)

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RESEÑAS

LOS ACORDES DE LUZ EN EL HORIZONTE

El invierno de los jilgueros

Mohamed El Morabet

GALAXIA GUTENBERG, 287 PÁGS.

Cuando sopla la brisa de poniente, las ciudades y pueblos norteafricanos que dan al mar se iluminan de forma diferente a como lo puedan hacer otras geografías marítimas. No lo hacen ni mejor ni peor, sino de manera distinta. Las calles parecen cubrirse de una luz tostada, elegante, crujiente incluso, que reverbera en la piel de un mar Mediterráneo repleto de vida, repleto de historia. Ciudades que guardan, también, la memoria de un tiempo perdido y olvidado en donde los lazos con la vecina costa española parecían haber amarrado bien un destino común, un diálogo entre culturas diversas que hoy no es más que un eco casi imperceptible, un susurro silencioso apagándose en el horizonte. Es en Alhucemas en donde da comienzo El invierno de los jilgueros, la nueva obra de Mohamed El Morabet, galardonada con el prestigioso Premio Málaga de Novela 2022.

            Cargada de luces, de tejidos coloridos al aire en las azoteas, del olor a mar, a pan recién hecho, a boquerones fritos, la novela se construye en torno a dos narradores y dos formas de discurso. El niño Brahim cuenta en primera persona un momento muy concreto de su infancia, el regreso de su hermano Musa a la ciudad tras participar en la Marcha Verde y la pérdida de su madre. Frente al dolor y a la experiencia de la muerte, la ética del cuidado se materializa en personajes inolvidables como Mimuna, Habiba o Rocío, siempre pendientes de los hermanos y siempre respetadas y queridas por ellos, es decir, todos ellos pueden existir porque pueden verse en los ojos de los demás, porque se relacionan íntimamente con los otros. El yo solo es posible en el nosotros.

            Unos años más tarde, la acción nos sitúa en la ciudad de Tetuán. El punto de vista recae ahora sobre Olga, una profesora madrileña de pintura que recala en la ciudad huyendo de una vida aburrida y poco emocionante al lado de su madre. La forma discursiva es ahora la del diario personal que la narradora va escribiendo a lo largo de una estancia de cinco meses en las que queda maravillada por las capacidades pictóricas de uno de sus estudiantes, Brahim, con quien vivirá un intenso romance que se verá truncado por las presiones sociales y laborales, debido a la diferencia de edad entre ambos. Brahim le regalará a Olga la inmensidad del horizonte mediterráneo en un lienzo que va pintando en casa de la profesora y Olga le dejará de por vida el amor por la música clásica, y entre colores y acordes asoma una de las ideas más potentes de toda la novela, la de la posibilidad de escapar al sufrimiento, de resistir los envites de la vida, a través de la belleza, a través del arte.

            Conforme la historia se acerca a su final, el punto de vista regresa a Brahim, nuevamente en Alhucemas, ahora a cargo de la panadería en la que trabajaba su hermano Musa, gravemente enfermo, cuya cordura parece haberse perdido definitivamente en el recuerdo del desierto. El contraste entre ambos hermanos es el mismo que entre el Mediterráneo y el Sáhara, pero también entre Alhucemas y Tetuán o entre Brahim y Olga, es decir, el funcionamiento de las estructuras bimembres es clave para comprender la novela. Asistimos a la construcción de una identidad, la de Brahim, en la que la belleza y la dureza son indisolubles, porque así es la vida misma. Amor y dolor, alegría y tristeza, mar y arena. Ante el ritmo de la propia vida, Brahim responde con la seguridad de la rutina, del trabajo, de lo conocido. Este es el rasgo que más lo diferencia de Olga, y, sin embargo, a pesar de la separación, y sin volver a nombrarla, ella estará presente en cada vinilo que escuche, en cada melodía con la que descanse en la azotea de su casa.

            Con Satie, Debussy, Bach o Mahler van apagándose las luces de la tarde en Alhucemas, van languideciendo las sílabas del tiempo, mudando los colores, cerrándose una historia, como se cierra la noche. En las páginas finales, los jilgueros nos regalan un último cántico lleno de sorpresas, lleno de horizonte. Un mundo irrepetible. Un mundo inolvidable. 

(Revista Quimera, n.º 466)

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BICICLETAS DE LA INFANCIA

Soñar con bicicletas

Ángeles Mora

EDITORIAL TUSQUETS

Cuando recordamos (o imaginamos) nuestra infancia, es muy común que compartamos con quienes nos acompañan en la conversación imágenes como la de un castillo de arena, una rodilla raspada, una carrera por un parque o un paseo en bicicleta. Nos resulta inevitable sonreír porque, para varias generaciones, los veranos en España han sido azules y el final del mes de agosto ha ido llegando, un año sí y otro también, entre la nostalgia de acordeón y el frenesí adolescente de unos pedales. El tiempo vuela, como nos enseña la cultura popular. Vuela, se esfuma, huye. Como queramos. La cuestión es que siempre se nos escapa y con él la presencia no solo de una parte de nosotros mismos, sino también de las voces y los rostros con los que hemos compuesto la canción de nuestra propia vida. La memoria salva, qué duda cabe, pero es una salvación a medias, porque quien rememora es consciente de que lo está haciendo, de que está rescatando del olvido lo que no debe perderse en sus pantanos, de que necesita de ese recuerdo para levantarse del sofá y seguir viviendo. Quizás sea el sueño el que verdaderamente restituya, aunque sea por un instante, lo que en un momento determinado estuvo a nuestro lado. Soñar es un juego, un juego en el que participamos sin previo aviso y en el que el tiempo ha vulnerado sus propias reglas. A veces no es más que una reiteración. Otras, una posibilidad de experimentar lo mismo, pero de otra manera.

            Soñar con bicicletas es el nuevo libro de poemas de Ángeles Mora tras los galardones del Premio de la Crítica en 2015 y del Premio Nacional de Poesía en 2016. Como la niña que, segura, suelta el manillar y pedalea ligera sobre la luz del viento, la voz poética afronta sin tapujos la cotidianidad, la historia, el dolor y la memoria. Machadiana en los colores del tiempo, insumisa frente a la palabra del poder, herida por el mero hecho de vivir y salvada, precisamente, por sentirse herida, su palabra nos recuerda que la poesía siempre es algo que se construye, como la historia. De la mano de María Zambrano, Concha Méndez, Rafael Alberti, Emily Dickinson, John Lenon o Joan Manuel Serrat entre otros, los versos de Ángeles Mora apuntalan un imaginario familiar para sus lectores, en esta ocasión enriquecido y concretado. Madurez vital que no puede sino ser madurez poética, porque vivimos solo cuando somos capaces de decir la vida. Cuerpo-texto que respira y se define, que existe y que se escribe en las alegrías y los sinsabores del día a día. Texto-cuerpo que pedalea, que sueña, que ama y que añora. Otro imprescindible.

(Diario Ideal, La página de los libros, 17/09/2022)

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TITUBA Y YO

Yo, Tituba, la bruja negra de Salem

Maryse Condé

(Traducción de Martha Asunción Alonso)

IMPEDIMENTA, 298 PÁGS.

Quizás, para leer Yo, Tituba, la bruja negra de Salem, debamos empezar por el final, por la “Nota histórica”. Los conocidos juicios contra las brujas de Salem comenzaron en 1692 con la detención Sarah Good, Sarah Osborne y Tituba, pero las acusaciones se extendieron posteriormente a otras localidades cercanas. La historia es de sobra conocida. Diecinueve mujeres ahorcadas y otras muchas encarceladas siguen hoy danto testimonio de ese fanatismo religioso que apesta desde los confines de la historia a machismo y a dominación. Por los datos que se conservan de los juicios, sabemos que, en 1693, un año después, Tituba, que había sido encarcelada, es vendida como esclava a cambio de que su comprador se ocupara de los gastos de su encarcelamiento. A partir de ahí, le perdemos la pista. Y creemos que era importante empezar esta reseña por el final porque ahora entenderemos mejor las palabras que Maryse Condé (1937) sitúa incluso antes de la cita del poeta John Harrington. Condé escribe que “Tituba y yo convivimos en la más estrecha intimidad durante un año. En el transcurso de nuestras interminables conversaciones me contó todas estas cosas. Nunca se las había confesado a nadie”. Es decir, la autora ha construido una biografía ficticia para dar voz a un personaje histórico del que desconocíamos casi todo.

            Originalmente, Yo, Tituba… fue publicada en francés 1986. Aunque Maryse Condé, Premio Nobel Alternativo en 2018, es de sobra conocida por textos como La deseada (1997), Corazón que ríe, corazón que llora (1999) o La vida sin maquillaje (2012), la historia de Tituba la consolida para los lectores españoles como una de las figuras más relevantes de la literatura contemporánea.

Con muy pocos años de edad, Tituba descubre, primero, que su madre nunca la había querido y, seguidamente, que tiene la capacidad de conectar con los muertos. Ambos hallazgos van a ser determinantes para su futuro.  El relato está inteligentemente construido a partir de la oposición de contrarios: amor/desamor, blanco/negro, vida/muerte, esclavitud/libertad, cristianismo/paganismo, Barbados/Boston, que no son sino materializaciones de ese vínculo entre el protestantismo y el capitalismo, esto es, de la lógica moderna de la explotación. El mundo natural, indígena, autóctono de Tituba mantiene un pulso desesperado contra la (i)racionalidad colonial que lo va arrasando todo. A pesar de la derrota, de las violaciones, del sufrimiento y los asesinatos, la mirada de Tituba es demoledora en tanto en cuanto va desmontando con su testimonio toda argumentación legitimadora del gran relato del capitalismo: “Los blancos arrancaban a miles y miles de nuestros hermanos de las tierras de África. Y no éramos el único pueblo esclavizado: los blancos también sometieron a los indios […]. No te imaginas la manera en la que los tratan. Me han contado cómo los blancos los desposeyeron de sus tierras, cómo diezmaron sus rebaños y repartieron entre su gente “el agua de fuego”, que acaba con cualquiera en un abrir y cerrar de ojos. […] Al haber hecho tanto daño a sus semejantes, a unos por tener la piel negra y a otros por tenerla roja, ¿es posible que se esa la razón por la que los blancos andan tan obsesionados con el pecado?”. 

Conforme avanza la lectura, y pese al sufrimiento de la protagonista, tiene uno la sensación de que la verdad de Tituba ilumina, resignifica, religa al ser humano con el alma de una naturaleza olvidada que tanto necesita de la memoria perdida. El amor y la pasión de Tituba, su resistencia honesta, su capacidad para conectar con los invisibles, las arboledas mágicas o la inolvidable Man Yaya funcionan como contrapunto a uno de los episodios más vergonzantes de la historia y ofrecen al lector, aunque débil, un rayo de esperanza.

(Revista Quimera, n.º 465)

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VIVIR/ESCRIBIR EN SOLEDAD

Diario de una soledad

May Sarton

(Traducción de Blanca Gago)

GALLO NEGRO, 214 PÁGS.

“Ahora empiezo a mostrar indicios de un regreso a mi yo más profundo, que durante mucho tiempo ha estado demasiado absorbido y maltrecho para funcionar. Ese yo me dice que estoy destinada a vivir sola y a escribir poemas para otros, poemas que rara vez han llegado a la persona a quien estaban dirigidos”. Así es como finaliza la última entrada de este diario de May Sarton, fechada el día 30 de septiembre de 1973, y escrito lo largo de todo un año. Sarton nació en Bélgica en 1912 pero su familia emigró cuando ella era muy pequeña a los Estados Unidos. Está considerada como una de las grandes escritoras del siglo XX estadounidense, no solo por la calidad y el volumen de su obra (hasta 1995, año de su muerte, había escrito más de cincuenta libros, entre poesía, narrativa y memorias), sino también por el abordaje decidido, tanto en sus libros como en artículos periodísticos, de temáticas como la sexualidad, el género y los derechos de la mujer.

            En esta ocasión que nos ocupa, la editorial Gallo Negro publica por primera vez en castellano Diario de una soledad. De entre todas las manifestaciones literarias recogidas bajo la etiqueta de   “escrituras del yo”, el diario es, posiblemente, el corazón de dichas escrituras, la más apegada al yo real del autor y, a la vez, la más alejada del proyecto literario, en tanto en cuanto está dirigido, en primera instancia, al propio sujeto que lo escribe y que se desdobla en autor y receptor al mismo tiempo, al menos hasta que el texto se publica y el receptor pasa a ser universal. Lo que trajo la escritura diarística es, como sostuvo Anna Caballé en su momento, una respuesta a ese yo encapsulado en un mundo de imitación y dependencia artística y moral. Ahora, en estos textos que se consolidan a plena luz del XIX como consecuencia de la invención romántica de la intimidad, el yo (su propia vida, su propia experiencia) se convierte en el centro del cosmos, del cual nacerán valores como el genio y la soledad.

            El diario de Sarton comparte las características propias del género, esto es, la fragmentariedad, el carácter cotidiano de las experiencias recogidas, la intención de inmediatez (eso que Blanchot llamó la “cláusula del calendario”), su forma abierta (que posibilita el acercamiento de cualquier tema) y su naturaleza subjetiva. Pero de entre todos los aspectos destacables, quizá sea el tratamiento del espacio uno de los más significativos. Espacios íntimos y espacios exteriores conviven a la perfección en un texto que se concibe como hogar de un yo que va hilando con el paso de los días el pensamiento con el paisaje, los cambios de ánimo con la muerte y renacimiento del jardín, las reflexiones sobre la poesía con la nostalgia de un tiempo pasado e irrecuperable, y así leemos que “[e]ntonces mi interior era igual que mi exterior; y aunque eso es a lo que aspiro, no logro apaciguar esta sensación de absurdo” o “[h]e regresado a mi soledad, a mi dicha, y estoy segura de que estos cielos radiantes tienen mucho que ver con ello, aunque el pequeño filo de hielo en el aire es también muy estimulante”. Es precisamente la quietud y el sosiego que encuentra en el retiro al que se obliga lo que le permitirá afirmar en las últimas páginas que ha logrado sobreponerse a sus problemas de salud: “Este diario empezó hace justo un año, cuando estaba sumida en la depresión y no dejaba de cuestionarme acerca de mis destructivos y peligrosos enfados, […] Desde entonces he hecho grandes esfuerzos para controlarme y, a veces, lo he conseguido”. Lo logra, además, gracias al propio proceso creativo, que protagoniza gran parte de las entradas de este diario y que da sentido a todo el discurrir subjetivo del yo: “Los placeres del poeta, tal y como he ido anotando, resulta que son la luz, la soledad, la naturaleza, el tiempo y el proceso creativo. Tras estos meses de depresión, de repente estoy llena de vida en todos esos ámbitos, y despierta”. No se lo pierdan.

(Revista Quimera, número 463-464)

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Amorgós y otros poemas

Nikos Gatsos

(Edición bilingüe de Vicente Fernández González)

CÁTEDRA, LETRAS UNIVERSALES

147 PÁGS.

INICIO Y LÍMITE

Para la razón instrumental es inconcebible comenzar cualquier proyecto sin tener meridianamente claro qué es lo que se quiere, qué es lo que se busca y qué supone en cuanto a inversión de tiempo o de recursos. Productividad, eficacia, impacto o rédito forman parte del campo semántico del utilitarismo contemporáneo, que ha reducido todas las dimensiones de la vida humana (y no humana) a lo cuantificable, a lo medible en términos económicos. También el saber, Incluso la literatura. En vez de preguntar por su por qué, cada vez abundan más los acercamientos desde el para qué, con el consiguiente alejamiento y olvido de aquellos textos que no pueden dar respuesta a esa pregunta porque están pensados y están escritos desde otro lugar, desde unas coordenadas estéticas totalmente diferentes. De ahí que Armando Romero sostenga que “Amorgós no va a ninguna parte, es un camino que no tiene fin sino senderos que se bifurcan”.

            Vicente Fernández González ha preparado con todo detalle la edición de Amorgós y otros poemas, del poeta griego Nikos Gatsos (1911-1992). El texto se edita al completo por primera vez en castellano, acompañado de los poemas “El caballero y la muerte”, “Elegía” (así figuran desde 1969) e incluye, además, los poemas “Canción de los viejos tiempos”, “Oda a Federico García Lorca” y la canción “Un toro negro entró en el baile. Habanera para Federico García Lorca”. Gatsos está considerado como uno de los poetas fundamentales del surrealismo griego junto a otras figuras como Embiricos, Calas, Engonópulos y Elitis. Sin embargo, su trayectoria dista considerablemente de la de sus compañeros en tanto en cuanto es autor de un único poemario, Amorgós, escrito, además, a los 32 años (1943). A partir de ese momento se dedicará a la traducción teatral y a la composición de canciones, muchas de ellas convertidas a lo largo de los años en hitos de la música popular de su país.

            En Amorgós conjuga su autor la escritura surrealista con las formas tradicionales de la expresión griega. Es una precisa combinación de variados materiales provenientes del cancionero popular, del cuento tradicional, del discurso académico en el que se van intercalando modos expresivos como si de una sinfonía musical se tratase. Sus conexiones con la obra de García Lorca, con La tierra baldía de T. S. Eliot o con la estética picassiana enriquecen un texto que parece estar configurado como un mapa íntimo que nos permitiera orientarnos a lo largo y ancho de las geografías del alma del sujeto poético. Tanto por la polifonía de voces, la fragmentación y la experimentación formal, la crítica ha situado Amorgós en la tradición del poema largo moderno, entre cuyas características se encuentran también las incrustaciones de citas, las alusiones a otros textos o la yuxtaposición de épocas históricas diferentes.

Lo sorprendente de Gatsos es que este poema largo, tan cercano al discurso épico, es, a la vez, no sólo el origen de una poética propia, sino su propio límite. Había empezado por el final. Tras Amorgós no continuó escribiendo poesía, posiblemente porque fue consciente de que no volvería a alcanzar las tasas de libertad poética que había logrado. Con este poema surrealista le había dado el golpe de gracia a la tradición, pero se encontró en un callejón sin salida para ser tan joven. Es entonces cuando se dio cuenta de que para alcanzar esa refundación de la poesía que tanto había buscado había de acudir ahora a las fuentes primigenias, es decir, al canto y a la música. Pero esa, sin duda, es otra historia.

(Publicado en Quimera, Revista de Literatura, n.º 459)

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Poesía Esencial

Mirecea Cartarescu

(Traducció y edición de Marian Ochoa de Eribe y Eta Hrubaru)

IMPEDIMENTA, 509 PÁGS.

HABLAR CON TODAS LAS PALABRAS

“Soy todos los espacios a la vez / soy tanto la existencia como todas las posibilidades / hablo con todas las palabras”. Quizás esta imagen de la totalidad sea la que mejor representa la escritura poética de Mircea Cartarescu. Ser a la vez espacio, tiempo y palabra para la creación y comprensión de un universo propio que va creciendo, ramificándose, replicándose en el exceso de lo que nunca finaliza, de lo que respira, precisamente, en el ejercicio de la propia composición literaria. La maestría de Cartarescu es indiscutible, ya había podido comprobarlo el lector en español en obras anteriores como El ruletista (2010), Nostalgia (2012), Solenoide (2017), El ala izquierda. Cegador I (2018) o El cuerpo. Cegador II (2020). La extrañeza, la originalidad, los desvíos y las multiplicidades convertían el acto de leer en un ejercicio de privacidad y disfrute, y sin embargo podría dar la sensación de que faltaba algo. Desde dónde surge todo este imaginario, se han preguntado muchos lectores, cómo es posible una voz y una mirada como la de los narradores y personajes.  Poesía Esencial (2021), creemos, es la respuesta.

 Se trata de la primera antología bilingüe (rumano-español) en la que el propio poeta ha escogido los textos más relevantes de los libros publicados entre 1980 y 2010, esto es, Faros, escaparates, fotografías (1980), Poemas de Amor (1980), Todo (1984), Amor (1994) y Nada (2010), todos ellos, como puede verse por las fechas, anteriores a la obra narrativa traducida y publicada en español, de ahí la relevancia de contar desde este momento también con su poesía.

Desde los primeros poemas resuenan los ecos de la Generación Beat. Cartarescu y sus compañeros del llamado Cenáculo del Lunes (grupo nacido en la Universidad de Bucarest en 1977) pretenden adaptar el mensaje de los poetas americanos al contexto literario rumano, hacerse con esos mismos aires de libertad y superación de las férreas convenciones sociales para posibilitar una nueva conciencia poética e, igualmente, una nueva manera de relacionarse con el pasado. Saben que están haciendo una poesía diferente y que entre la suya y la de sus predecesores existen diferencias considerables. Por tanto, el lector de esta Poesía Esencial se encontrará con una obra radicalmente histórica, es decir, aferrada a un tiempo histórico determinado, testimonio alegre de un cambio generacional de primera magnitud. Sin embargo, no se trata de un mero trasvase entre países. Los autores del Cenáculo del Lunes se autodenominan “los ochentistas” para distinguir este nuevo movimiento rumano del postmodernismo de raigambre americana. Quien mejor detalla en qué consiste esta nueva estética es el propio Cartarescu, cuando declara que “Cada poema tiende a convertirse en un mundo en el que suceden muchas cosas, en el que se plantean todos los efectos especiales, en el que se pasa revista a un montón de historias. En el poema se concentran, con una fabulosa opulencia, toda la sustancia y todo el espíritu posibles”.

 En su poesía se conjugan la oralidad, el coloquialismo, el gusto por el humor urbano y el goce de narrar las situaciones cotidianas del día a día con la parodia, la ironía y el juego intertextual. Traducida y editada por Marian Ochoa de Eribe y Eta Hrubaru, estos poemas esenciales de Mircea Cartarescu son una oportunidad no solo para conocer el origen de un universo fascinante en el que tantos lectores han quedado gustosamente atrapados, sino también una apuesta infalible por el disfrute y el placer lector.   

(Publicado en Quimera, Revista de Literatura, n.º 460)

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CÁNTICO RESEÑAS

UN CÁNTICO HUMANISTA

Reseña de José Sarria, publicada en la web de ACE-Andalucía y en La Voz Cultural

José María García Linares es un joven poeta nacido en la ciudad autónoma de Melilla (“la ciudad de las fronteras” –p.40-), que ha venido a entregarnos este límpido y sereno Cántico, todo un alegato, una insurrección contra la dejación y la amnesia social, desde donde visualizar (que es tanto como rescatar) a los débiles, a los destinatarios de la aporofobia y la xenofobia. Poemario convertido en bandera, estandarte contra el olvido y la conformidad. “Siempre se presupone / nuestra conformidad”, escribía la poeta Ilse Aichinger.

¿Cuántas veces habrá caminado José María frente a la valla que separa la localidad norteafricana de Marruecos?, única frontera de la UE, junto a Ceuta, en África. ¿Cuántas veces habrá sido testigo de la pesadumbre, del abandono, de la visión apocalíptica de la sangre reseca en las concertinas, de las heridas que duelen menos que la indiferencia, de los ojos plagados de tristeza en quienes aspiran, desde el monte Gurugú, alcanzar el Dorado?

Todo ello ha transitado durante años por los canales de su sangre, hasta convertirse en carne de su carne y aliento de su aliento, hasta que la poética, mística de la realidad, ha hecho posible el prodigio de transformar el dolor en belleza, bajo una pacífica rebelión, contenida en ciento noventa y cinco versos, distribuidos en treinta y nueve precisas liras, desde las que asistir a la interpretación lírica del mundo, pero de otra manera, recreado desde otro prisma, al modo del poema “Pido el silencio” de Pablo Neruda: “Pero porque pido el silencio / no crean que voy a morirme: / me pasa todo lo contrario: / sucede que voy a vivirme”. 

En García Linares se concita el milagro, bajo el uso de una composición estrófica no exenta de dificultad, pero elaborada con maestría, demostrando un alto respeto por la tradición (Garcilaso, Fray Luis, San Juan o Blas de Otero) y un excelente dominio de la técnica constructiva que otorga a la obra una armónica, a la vez que sólida, estructura sobre la que discurre como el ligero cauce de un río todo el sufrimiento de quienes estimulados por la fascinación del espejismo del “norte”, abandonaron un día sus raíces y con ello sus anclajes a la vida: “Buscando mi futuro / me fui por esos montes y riberas: / bajo este cielo oscuro, / soñando en las hogueras, / me acerco a la ciudad de las fronteras” (p. 15).

García Linares ha venido a expresar su escepticismo frente a la realidad que se dogmatiza, cada vez más, con discursos excluyentes, supremacistas, racistas y xenófobos. La presencia  de lo arrebatado y perdido, junto a su decidido compromiso, conforman la poética de este luminoso Cántico que se eleva, desde un armonioso manantial reflexivo, a veces con una conmovedora mirada, en bastión contra la ignorancia: antídoto frente a todo tipo de violencia. “La ignorancia lleva al miedo, el miedo lleva al odio y el odio lleva a la violencia”, tal y como nos enseñó Averroes.

Cántico es el acompañamiento, abrazado, a quienes les ha sido arrebatada la voz y la esperanza, el recorrido lírico, desde los ojos, en las manos o la piel de esos otros que caminan como única posibilidad vital. No espere encontrar el lector un relato que nos va a hablar en nombre del otro (lo cual enlazaría con la ya superada poesía social), sino que el hallazgo será el de una propuesta estética que se constituye en y desde el otro, aceptando la irrenunciable premisa de que el otro no solo existe sino que nos constituye: “Mis manos, el alambre, / el rostro de mi madre en la memoria, / dolor y furia y hambre. / La herida es la victoria / de los desheredados de la historia” (p.48).

Poesía inconformista y comprometida, que no significa militancia ni instrumentalización, sino conciencia y humanismo solidario que despliega este cántico fraternal (con reminiscencias de Juan de Yepes: liras VI, VIII, XIII o “pues solo estoy en esta noche oscura”, de la lira XXXI) con los hijos del olvido, destinatarios de la invisibilidad y el naufragio: invitación, desde la apacible mirada, a la reflexión y la consideración del dolor como hecho diferencial de la humanidad respecto de otros seres, para participar de un esfuerzo de emancipación de la sociedad mediante el establecimiento de una nueva educación sentimental de su tiempo, sobre la base de la construcción de una subjetividad encaminada a la reconquista permanente del ser, siguiendo el planteamiento de Adorno, en La educación después de Auschwitz: “Las personas tienen que ser disuadidas de golpear hacia fuera sin reflexionar sobre sí mismas”.

En la abisal iniquidad del discurso del diferente como enemigo, en su desproporcionado tósigo, nuestro poeta ha encontrado el adversario al que combatir, con la serenidad hermosa que le otorga la palabra, con la determinación ardiente de la poesía: subversión frente a lo que se pretende establecer como verdad, para deshacer y desintegrar una realidad que, por imperfecta, se le hace inadmisible, abriendo portillos y ventanas para que acampe el adviento, preámbulo de la llegada de un tiempo nuevo donde “el niño jugará con la serpiente y meterá la mano en su nido”, tal y como anunciara el profeta Isaías; un tiempo por el que arriesgan su vida los protagonistas de este bello Cántico: “Levántase, afilado, / de alambres y cuchillas todo el muro. / Saltar al otro lado, / vivir y estar seguro / después de haber cruzado hacia el futuro” (p. 41).

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CÁNTICO RESEÑAS

Un grito a la esperanza

Publicada en el número 445 de la revista Quimera, enero de 2021

Ya Juan de la Cruz, Guillén o Blas de Otero cantaron antes y titularon así sus respectivos libros. García Linares se acerca más al primero en la forma y al tercero en contenido. Las liras sirven al poeta para acercarse/acercarnos a la realidad y hablarnos de problema acuciante: los movimientos migratorios.

El yo lírico se convierte en viajero forzoso, en un caído Ulises que, sin elección, viaja impelido por arribar a su particular paraíso al que llegará según le han contado.

Mucho cantado y demasiado contado después, pedirá a sus dioses que lo acompañen en su periplo nada fácil: las divinidades harán lo propio abandonando, desoyendo y dejando a su suerte a este viajero sin esperanza.

La manera realista que tiene García Linares de acercar la materia poética al lector, se transforma en una épica de lo cotidiano y por momentos nos deja sin aliento: el poeta selecciona forma, contenido y retórica con mucha propiedad, permitiendo al personaje diversos acercamientos al trance de encontrar lo que debe hallar.

Así, la desposesión de todo, la metáfora del abandono y la frontera, se convierten en tres elementos fundamentales que el poeta completará con contrastes acertados y de apariencia absolutamente natural, permitiendo acercarnos más al libro, al contenido y al discurso que el poeta quiere imponer —uno de ellos—: la empatía tan necesaria en tiempos de extremismos y olvidos de personas. Uno de esos contrastes será el agua soñada respecto al desierto de donde proviene el viajero: curiosamente, por la religión, ese manantial buscado ya forma parte de su conciencia, de su día a día mental, por lo que las transiciones hacia el deseo, llegan de manera casi espontánea, sintiendo la desazón, la sequedad de la garganta y hasta los resuellos del personaje. 

El abandonar todo lo necesario realmente como la familia, el espacio, la personalidad, conforma una variante del pensamiento racional del caminante: poseerá cuando llegue trabajo, dinero, espacio… pero no podrá compartirlo con quienes de verdad importan, así que las dudas y sobre todo el miedo, irán construyendo en la metamorfosis obligada que sufre, la nueva materia mental de que se alimenta este hombre. Una de las metas que a la par se convierte en el territorio del pánico puro será esa línea inventada —un atravesarla el deseo más puro—, que es la frontera: espacio antinatural del que somos poseedores al estar del lado poderoso o al menos, organizar el discurso de poder sobre otros pueblos.

Recuerdan las vicisitudes que vive, lo que ve, el tráfago de criaturas con que se cruza, a un roadbook en toda regla: García Linares consigue una especie de road poem de la necesidad, apelando con una forma clásica como es la lira, algo que es consustancial al hombre como es la aceptación del extranjero, que además, es una coyuntura específicamente contemporánea a nuestro sentir, por los problemas, soluciones y decisiones que podamos tomar al respecto desde la nombrada posición de poder.

Con apenas doscientos versos y recordando a los clásicos, García Linares elabora un Cántico que suena a moderno, a complicidad con quienes lean el libro y quieran comprender que la literatura, la poesía, a veces, sirve para desear, con una belleza sorprendente, mediante la denuncia de algo objetivo como es la esclavitud a la que se someten ciertas criaturas por necesidad, la poesía sirve, decíamos, para mostrar el mundo, empatizar con el otro, ansiar ser mejores personas.

Juan Peregrina Martín