Cuando caigas finalmente,

sabrás que no mentía aquella noche:

ni la ciudad, ni el cielo, ni el olvido

calman las miradas errantes.

Condenados estuvimos desde entonces

a correr veloces por los márgenes heridos

del tiempo miserable y egoísta,

 a saltar distancias imposibles

entre tu nombre y el mío,

a esperar, cansados, una tregua del viento…

Compartir

Comentarios

Otros poemas

TERRAMAR

Solo a ti te revelé mi nombre.

Cómo imaginar que lo destrozarías

sílaba a sílaba

dejando mi alma a la intemperie.

Leer más »

SOLEDAD 2.0 III

Bajo todas tus palabras hay un código secreto. Cuando escribes, todo el mundo se reduce a la alternancia todo/nada, cero/uno. Cuando dices que me extrañas,

Leer más »