Hemos heredado todas las montañas,

las ciencias, las tristezas, el progreso.

Heredamos a Dios y sus silencios,

el color de nuestra piel,

el tamaño de los ojos,

la fortuna de soñar cada mañana

con un cuerpo enamorado de la vida.

Recibimos tanto y tanto damos

sin cribar, sin disentir, sin opinar,

que acabamos escribiendo en el futuro

perífrasis verbales petrolíferas:

“tienes que ir, debes hacer, hay que tratar”

con mano analfabeta y prepotente,

herencia de un saber contaminante.

Quiero dejarte un mundo nuevo

cargado de palabras y relámpagos,

de animales de oro y caramelo

y alfombras voladoras 

que sean para ti muy diferentes

a esta cáscara podrida y maltratada

en la que vivo.

Que pudieras volar en el océano,

que esta locura que te entrego, que te escribo,

corriera como herencia por tu sangre

hasta el final de los días.

Que lograras alcanzar un tiempo propio,

el territorio de la verdad,

los valles de la sabiduría

y no caer bajo la trampa

del olvido y los palacios.

Estos versos, esta voz,

esta escritura conscientemente herida

quedará arrasada por los años

y la cruda realidad de la ignorancia.

Es lo único que tengo y que te entrego.

Un saco de palabras, nada más,

responsables, amorosas, solitarias.

Mías.

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