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Libros de Poesía

TERRAMAR

Solo a ti te revelé mi nombre.

Cómo imaginar que lo destrozarías

sílaba a sílaba

dejando mi alma a la intemperie.

Aún hablo con dragones en la lengua antigua.

Con alguno recuerdo en ocasiones

la lava aturquesada del origen

y los hechizos cenicientos del alisio.

He perdido mis poderes.

Guardo esta cicatriz hecha de lágrimas

y una vara rota cegada para siempre.

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Libros de Poesía

LA CAVERNA

He vuelto a vivir en una gruta.

Juego en ella con el tiempo,

con la luz,

con la tristeza.

Hace siglos que llegué, cansado,

y encontré en su oscuridad

el alivio,

el perdón

y la condena.

He pintado mi vida en sus paredes,

he dejado la marca de mi alma ensangrentada

en una roca con forma de tormenta

y he plasmado las escenas del amor

con las uñas de una pena irreversible.

Aquí dormirá mi daño,

tranquilo en la quietud de la tiniebla.

La lluvia arrecia fuera.

No es preciso descubrir

ni el fuego ni el milagro

de una lengua primigenia.

Hay poco que decir.

He aprendido que el calor

es solo un espejismo de mi escarcha

y que todo lo que exprese mi alegría

danzará como un pétalo marchito

en la ceniza verde de una orquídea rosa.

Todo está aquí, en estas piedras,

en el eco de una historia

que arrasa y que libera,

que ensalza y que destruye.

Cuando quieran las deidades revelarse

no hallarán en mi conciencia

ni miedo ni oraciones ni deseo

de una vida más allá de esta que vivo.

Soy infierno y paraíso hecho de carne,

reproche y resquemor,

vida y muerte en las mañanas solitarias,

sol y sombras retorcidas en la boca

cada vez que digo yo,

cada vez que yo pronuncia un nombre

y se le escapa la palabra

hasta perderse en el océano.

Desde muy temprano escucho

el roce de la ola y la gaviota,

su sueño milenario

faenando en el salitre.

Acaso habrá un momento en el que encuentre

la ruta que me lleve hasta mi verbo,

allí donde podré reconocerme,

entre el ocaso del verano

y la inocencia de la infancia,

justo en una grieta en donde se diluya la vergüenza.

Mientras tanto, aguardo en esta gruta

la calma del levante,

un suave atardecer que entienda mis heridas,

que solo me consuele,

que no me juzgue más de lo que juzgan mis recuerdos.

El viento trae un rastro de belleza,

un olor, una dulzura muy lejana.

El mar, el mar, el mar.

Todo está aquí mismo, en estas piedras.

Tu rostro imaginado,

las voces de la escarcha

y la tristeza.

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RESEÑAS

LOS ACORDES DE LUZ EN EL HORIZONTE

El invierno de los jilgueros

Mohamed El Morabet

GALAXIA GUTENBERG, 287 PÁGS.

Cuando sopla la brisa de poniente, las ciudades y pueblos norteafricanos que dan al mar se iluminan de forma diferente a como lo puedan hacer otras geografías marítimas. No lo hacen ni mejor ni peor, sino de manera distinta. Las calles parecen cubrirse de una luz tostada, elegante, crujiente incluso, que reverbera en la piel de un mar Mediterráneo repleto de vida, repleto de historia. Ciudades que guardan, también, la memoria de un tiempo perdido y olvidado en donde los lazos con la vecina costa española parecían haber amarrado bien un destino común, un diálogo entre culturas diversas que hoy no es más que un eco casi imperceptible, un susurro silencioso apagándose en el horizonte. Es en Alhucemas en donde da comienzo El invierno de los jilgueros, la nueva obra de Mohamed El Morabet, galardonada con el prestigioso Premio Málaga de Novela 2022.

            Cargada de luces, de tejidos coloridos al aire en las azoteas, del olor a mar, a pan recién hecho, a boquerones fritos, la novela se construye en torno a dos narradores y dos formas de discurso. El niño Brahim cuenta en primera persona un momento muy concreto de su infancia, el regreso de su hermano Musa a la ciudad tras participar en la Marcha Verde y la pérdida de su madre. Frente al dolor y a la experiencia de la muerte, la ética del cuidado se materializa en personajes inolvidables como Mimuna, Habiba o Rocío, siempre pendientes de los hermanos y siempre respetadas y queridas por ellos, es decir, todos ellos pueden existir porque pueden verse en los ojos de los demás, porque se relacionan íntimamente con los otros. El yo solo es posible en el nosotros.

            Unos años más tarde, la acción nos sitúa en la ciudad de Tetuán. El punto de vista recae ahora sobre Olga, una profesora madrileña de pintura que recala en la ciudad huyendo de una vida aburrida y poco emocionante al lado de su madre. La forma discursiva es ahora la del diario personal que la narradora va escribiendo a lo largo de una estancia de cinco meses en las que queda maravillada por las capacidades pictóricas de uno de sus estudiantes, Brahim, con quien vivirá un intenso romance que se verá truncado por las presiones sociales y laborales, debido a la diferencia de edad entre ambos. Brahim le regalará a Olga la inmensidad del horizonte mediterráneo en un lienzo que va pintando en casa de la profesora y Olga le dejará de por vida el amor por la música clásica, y entre colores y acordes asoma una de las ideas más potentes de toda la novela, la de la posibilidad de escapar al sufrimiento, de resistir los envites de la vida, a través de la belleza, a través del arte.

            Conforme la historia se acerca a su final, el punto de vista regresa a Brahim, nuevamente en Alhucemas, ahora a cargo de la panadería en la que trabajaba su hermano Musa, gravemente enfermo, cuya cordura parece haberse perdido definitivamente en el recuerdo del desierto. El contraste entre ambos hermanos es el mismo que entre el Mediterráneo y el Sáhara, pero también entre Alhucemas y Tetuán o entre Brahim y Olga, es decir, el funcionamiento de las estructuras bimembres es clave para comprender la novela. Asistimos a la construcción de una identidad, la de Brahim, en la que la belleza y la dureza son indisolubles, porque así es la vida misma. Amor y dolor, alegría y tristeza, mar y arena. Ante el ritmo de la propia vida, Brahim responde con la seguridad de la rutina, del trabajo, de lo conocido. Este es el rasgo que más lo diferencia de Olga, y, sin embargo, a pesar de la separación, y sin volver a nombrarla, ella estará presente en cada vinilo que escuche, en cada melodía con la que descanse en la azotea de su casa.

            Con Satie, Debussy, Bach o Mahler van apagándose las luces de la tarde en Alhucemas, van languideciendo las sílabas del tiempo, mudando los colores, cerrándose una historia, como se cierra la noche. En las páginas finales, los jilgueros nos regalan un último cántico lleno de sorpresas, lleno de horizonte. Un mundo irrepetible. Un mundo inolvidable. 

(Revista Quimera, n.º 466)

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RESEÑAS

BICICLETAS DE LA INFANCIA

Soñar con bicicletas

Ángeles Mora

EDITORIAL TUSQUETS

Cuando recordamos (o imaginamos) nuestra infancia, es muy común que compartamos con quienes nos acompañan en la conversación imágenes como la de un castillo de arena, una rodilla raspada, una carrera por un parque o un paseo en bicicleta. Nos resulta inevitable sonreír porque, para varias generaciones, los veranos en España han sido azules y el final del mes de agosto ha ido llegando, un año sí y otro también, entre la nostalgia de acordeón y el frenesí adolescente de unos pedales. El tiempo vuela, como nos enseña la cultura popular. Vuela, se esfuma, huye. Como queramos. La cuestión es que siempre se nos escapa y con él la presencia no solo de una parte de nosotros mismos, sino también de las voces y los rostros con los que hemos compuesto la canción de nuestra propia vida. La memoria salva, qué duda cabe, pero es una salvación a medias, porque quien rememora es consciente de que lo está haciendo, de que está rescatando del olvido lo que no debe perderse en sus pantanos, de que necesita de ese recuerdo para levantarse del sofá y seguir viviendo. Quizás sea el sueño el que verdaderamente restituya, aunque sea por un instante, lo que en un momento determinado estuvo a nuestro lado. Soñar es un juego, un juego en el que participamos sin previo aviso y en el que el tiempo ha vulnerado sus propias reglas. A veces no es más que una reiteración. Otras, una posibilidad de experimentar lo mismo, pero de otra manera.

            Soñar con bicicletas es el nuevo libro de poemas de Ángeles Mora tras los galardones del Premio de la Crítica en 2015 y del Premio Nacional de Poesía en 2016. Como la niña que, segura, suelta el manillar y pedalea ligera sobre la luz del viento, la voz poética afronta sin tapujos la cotidianidad, la historia, el dolor y la memoria. Machadiana en los colores del tiempo, insumisa frente a la palabra del poder, herida por el mero hecho de vivir y salvada, precisamente, por sentirse herida, su palabra nos recuerda que la poesía siempre es algo que se construye, como la historia. De la mano de María Zambrano, Concha Méndez, Rafael Alberti, Emily Dickinson, John Lenon o Joan Manuel Serrat entre otros, los versos de Ángeles Mora apuntalan un imaginario familiar para sus lectores, en esta ocasión enriquecido y concretado. Madurez vital que no puede sino ser madurez poética, porque vivimos solo cuando somos capaces de decir la vida. Cuerpo-texto que respira y se define, que existe y que se escribe en las alegrías y los sinsabores del día a día. Texto-cuerpo que pedalea, que sueña, que ama y que añora. Otro imprescindible.

(Diario Ideal, La página de los libros, 17/09/2022)

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RESEÑAS

TITUBA Y YO

Yo, Tituba, la bruja negra de Salem

Maryse Condé

(Traducción de Martha Asunción Alonso)

IMPEDIMENTA, 298 PÁGS.

Quizás, para leer Yo, Tituba, la bruja negra de Salem, debamos empezar por el final, por la “Nota histórica”. Los conocidos juicios contra las brujas de Salem comenzaron en 1692 con la detención Sarah Good, Sarah Osborne y Tituba, pero las acusaciones se extendieron posteriormente a otras localidades cercanas. La historia es de sobra conocida. Diecinueve mujeres ahorcadas y otras muchas encarceladas siguen hoy danto testimonio de ese fanatismo religioso que apesta desde los confines de la historia a machismo y a dominación. Por los datos que se conservan de los juicios, sabemos que, en 1693, un año después, Tituba, que había sido encarcelada, es vendida como esclava a cambio de que su comprador se ocupara de los gastos de su encarcelamiento. A partir de ahí, le perdemos la pista. Y creemos que era importante empezar esta reseña por el final porque ahora entenderemos mejor las palabras que Maryse Condé (1937) sitúa incluso antes de la cita del poeta John Harrington. Condé escribe que “Tituba y yo convivimos en la más estrecha intimidad durante un año. En el transcurso de nuestras interminables conversaciones me contó todas estas cosas. Nunca se las había confesado a nadie”. Es decir, la autora ha construido una biografía ficticia para dar voz a un personaje histórico del que desconocíamos casi todo.

            Originalmente, Yo, Tituba… fue publicada en francés 1986. Aunque Maryse Condé, Premio Nobel Alternativo en 2018, es de sobra conocida por textos como La deseada (1997), Corazón que ríe, corazón que llora (1999) o La vida sin maquillaje (2012), la historia de Tituba la consolida para los lectores españoles como una de las figuras más relevantes de la literatura contemporánea.

Con muy pocos años de edad, Tituba descubre, primero, que su madre nunca la había querido y, seguidamente, que tiene la capacidad de conectar con los muertos. Ambos hallazgos van a ser determinantes para su futuro.  El relato está inteligentemente construido a partir de la oposición de contrarios: amor/desamor, blanco/negro, vida/muerte, esclavitud/libertad, cristianismo/paganismo, Barbados/Boston, que no son sino materializaciones de ese vínculo entre el protestantismo y el capitalismo, esto es, de la lógica moderna de la explotación. El mundo natural, indígena, autóctono de Tituba mantiene un pulso desesperado contra la (i)racionalidad colonial que lo va arrasando todo. A pesar de la derrota, de las violaciones, del sufrimiento y los asesinatos, la mirada de Tituba es demoledora en tanto en cuanto va desmontando con su testimonio toda argumentación legitimadora del gran relato del capitalismo: “Los blancos arrancaban a miles y miles de nuestros hermanos de las tierras de África. Y no éramos el único pueblo esclavizado: los blancos también sometieron a los indios […]. No te imaginas la manera en la que los tratan. Me han contado cómo los blancos los desposeyeron de sus tierras, cómo diezmaron sus rebaños y repartieron entre su gente “el agua de fuego”, que acaba con cualquiera en un abrir y cerrar de ojos. […] Al haber hecho tanto daño a sus semejantes, a unos por tener la piel negra y a otros por tenerla roja, ¿es posible que se esa la razón por la que los blancos andan tan obsesionados con el pecado?”. 

Conforme avanza la lectura, y pese al sufrimiento de la protagonista, tiene uno la sensación de que la verdad de Tituba ilumina, resignifica, religa al ser humano con el alma de una naturaleza olvidada que tanto necesita de la memoria perdida. El amor y la pasión de Tituba, su resistencia honesta, su capacidad para conectar con los invisibles, las arboledas mágicas o la inolvidable Man Yaya funcionan como contrapunto a uno de los episodios más vergonzantes de la historia y ofrecen al lector, aunque débil, un rayo de esperanza.

(Revista Quimera, n.º 465)

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Libros de Poesía

ILUMINACIÓN

Una pequeña iluminación,

un breve destello en mitad de la noche.

Volvieron tu rostro y tu palabra

a navegar las aguas de mis sombras.

Como la llama que dibuja

los contornos de la niebla espesa,

así guiaste la memoria

hasta la orilla en que reposa

el aliento efervescente

de una juventud perdida.

La lluvia, la belleza,

lo que pudo ser y lo que fuimos,

lo que cabe en un instante,

todo aquello que detuvo el tiempo.

La oscuridad, tras el relámpago,

se posa nuevamente entre las sábanas.

En el silencio de la negra noche

el eco de una mano enamorada

rozando el labio efímero del viento.

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Libros de Poesía

EL CANTO DE LAS BALLENAS

Mientras van de Fukushima

las aguas radioactivas hacia el mar,

algunas ballenas cantan

el himno milenario del océano.

Saben que su tiempo ha terminado

y lloran algas cargadas de memoria.

Cuando lleguen a la playa,

dormirán con dignidad

el sueño mineral de los vencidos,

la paz que da saber

que se hizo lo posible por cantar

en un mundo ensordecido por el hombre.

Las olas mecen, dignamente,

la tarde naufragada entre las rocas.

Solo el viento solitario

en el silencio de la orilla muerta.

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RESEÑAS

VIVIR/ESCRIBIR EN SOLEDAD

Diario de una soledad

May Sarton

(Traducción de Blanca Gago)

GALLO NEGRO, 214 PÁGS.

“Ahora empiezo a mostrar indicios de un regreso a mi yo más profundo, que durante mucho tiempo ha estado demasiado absorbido y maltrecho para funcionar. Ese yo me dice que estoy destinada a vivir sola y a escribir poemas para otros, poemas que rara vez han llegado a la persona a quien estaban dirigidos”. Así es como finaliza la última entrada de este diario de May Sarton, fechada el día 30 de septiembre de 1973, y escrito lo largo de todo un año. Sarton nació en Bélgica en 1912 pero su familia emigró cuando ella era muy pequeña a los Estados Unidos. Está considerada como una de las grandes escritoras del siglo XX estadounidense, no solo por la calidad y el volumen de su obra (hasta 1995, año de su muerte, había escrito más de cincuenta libros, entre poesía, narrativa y memorias), sino también por el abordaje decidido, tanto en sus libros como en artículos periodísticos, de temáticas como la sexualidad, el género y los derechos de la mujer.

            En esta ocasión que nos ocupa, la editorial Gallo Negro publica por primera vez en castellano Diario de una soledad. De entre todas las manifestaciones literarias recogidas bajo la etiqueta de   “escrituras del yo”, el diario es, posiblemente, el corazón de dichas escrituras, la más apegada al yo real del autor y, a la vez, la más alejada del proyecto literario, en tanto en cuanto está dirigido, en primera instancia, al propio sujeto que lo escribe y que se desdobla en autor y receptor al mismo tiempo, al menos hasta que el texto se publica y el receptor pasa a ser universal. Lo que trajo la escritura diarística es, como sostuvo Anna Caballé en su momento, una respuesta a ese yo encapsulado en un mundo de imitación y dependencia artística y moral. Ahora, en estos textos que se consolidan a plena luz del XIX como consecuencia de la invención romántica de la intimidad, el yo (su propia vida, su propia experiencia) se convierte en el centro del cosmos, del cual nacerán valores como el genio y la soledad.

            El diario de Sarton comparte las características propias del género, esto es, la fragmentariedad, el carácter cotidiano de las experiencias recogidas, la intención de inmediatez (eso que Blanchot llamó la “cláusula del calendario”), su forma abierta (que posibilita el acercamiento de cualquier tema) y su naturaleza subjetiva. Pero de entre todos los aspectos destacables, quizá sea el tratamiento del espacio uno de los más significativos. Espacios íntimos y espacios exteriores conviven a la perfección en un texto que se concibe como hogar de un yo que va hilando con el paso de los días el pensamiento con el paisaje, los cambios de ánimo con la muerte y renacimiento del jardín, las reflexiones sobre la poesía con la nostalgia de un tiempo pasado e irrecuperable, y así leemos que “[e]ntonces mi interior era igual que mi exterior; y aunque eso es a lo que aspiro, no logro apaciguar esta sensación de absurdo” o “[h]e regresado a mi soledad, a mi dicha, y estoy segura de que estos cielos radiantes tienen mucho que ver con ello, aunque el pequeño filo de hielo en el aire es también muy estimulante”. Es precisamente la quietud y el sosiego que encuentra en el retiro al que se obliga lo que le permitirá afirmar en las últimas páginas que ha logrado sobreponerse a sus problemas de salud: “Este diario empezó hace justo un año, cuando estaba sumida en la depresión y no dejaba de cuestionarme acerca de mis destructivos y peligrosos enfados, […] Desde entonces he hecho grandes esfuerzos para controlarme y, a veces, lo he conseguido”. Lo logra, además, gracias al propio proceso creativo, que protagoniza gran parte de las entradas de este diario y que da sentido a todo el discurrir subjetivo del yo: “Los placeres del poeta, tal y como he ido anotando, resulta que son la luz, la soledad, la naturaleza, el tiempo y el proceso creativo. Tras estos meses de depresión, de repente estoy llena de vida en todos esos ámbitos, y despierta”. No se lo pierdan.

(Revista Quimera, número 463-464)

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Cuento

LA CASITA DE LAS ARDILLAS

Cada vez que salía del psicólogo, Juan Carlos la llevaba a merendar a una pastelería francesa en la que se servían las mejores milhojas de crema de la ciudad. El hojaldre estaba fresco, crujiente, bien tostado, y la crema pastelera tenía el punto justo de azúcar, ni muy empalagosa ni demasiado insípida. Era el momento de la semana en el que Lucía parecía encontrarse mejor. La terapia iba dando nuevamente sus frutos, a pesar de la lentitud. Hay que ser pacientes, les había dicho el psicólogo. Habrá idas y venidas, como ahora. Es una herida muy profunda que seguirá sangrando durante mucho tiempo, pero con trabajo y tesón lo conseguiremos, ya verán. Tras el nacimiento, hacía ya cuatro años, de la pequeña Nuria, tan hermosa, tan frágil, tan desvalida, Lucía sintió como una losa el desafecto y los desagravios continuos que había sufrido por parte de su madre. Cómo puede una madre no amar a una cosa tan bella, pensaba al cogerla en brazos o darle de mamar. Cómo puede una mujer odiar a su propia hija. En sus oídos resonaba la voz de su madre, repitiendo lo mismo en incontables ocasiones: “Nadie te quiere, estúpida, y nadie te va a querer nunca”.

 Fue un año después de la llegada de su hija, recién pasada la Navidad, cuando Juan Carlos insistió en que buscaran ayuda. Llevaba acompañándola en su sufrimiento casi desde el momento en que se conocieron, consolándola un día sí y otro también. Lucía no era ni la primera ni la última hija maltratada por una madre. Había pasado demasiado tiempo y, aunque pensaron al casarse que juntos podrían superarlo, el problema no remitía. El doctor López de Miguel gozaba del prestigio suficiente para confiar en su criterio y ponerse enseguida en sus manos y en su voz expertas. El avance fue considerable y la mejora se dejó sentir en todos los aspectos de la vida de la pareja.

Cuando concluyó la que sería solo la primera etapa de su tratamiento, aproximadamente un año y medio después de acudir a la consulta, tanto Juan Carlos como ella pensaron que lo habían conseguido. Lucía estaba tranquila y serena. Las pesadillas habían cesado. Se sentía una mujer feliz, sin esa sombra que le presionara la mirada en sus peores días y, sin embargo, al cabo de un año empezó a sentir de nuevo no solo una tristeza familiar, que al menos sabía cómo podría enfrentar, sino también una inquietud que parecía estar devorándole el estómago y rasgándole la memoria con garras tan afiladas que apenas era capaz de ver.

Fue una noche en la que se despertó gritando cuando fue capaz de identificar el origen de lo que ya no era intranquilidad, sino terror puro y duro. Habían cenado una ensalada de endivias con tomates cherry y aceitunas negras, uno de los platos preferidos de Lucía, que aliñaba con una vinagreta de albahaca y manzana. Nuria, que acababa de cumplir los tres años, estaba dormida en el sofá, tapada con una manta que le había tejido su abuela paterna con suaves gamas de azules y blancos, rodeada de varios peluches con los que había estado jugando y hablando con su media lengua. 

–¿No comes más?

–Estoy un poco desganada y me está empezando a doler la cabeza.

–¿Te traigo un ibuprofeno?

–No, no, lo cojo yo misma. No tengo más ganas de comer. Me voy a la cama. ¿Acuestas tú a Nuria?

–Pues claro, venga, tómate la pastilla y acuéstate. Ya verás que mañana estás mejor.

            Juan Carlos dio un bote en la cama cuando la oyó gritar. Tranquila, tranquila, es una pesadilla, estoy aquí, tranquila, pero Lucía no podía parar de llorar. Temblaba y decía es ella, es ella, es ella. Había visto el rostro de su madre pegado al suyo, con la sonrisa macabra y la mirada descolocada, un ojo más abierto que el otro, y lamiéndose la comisura de los labios y repitiendo “algún día te mataré, algún día te mataré”. No era producto de su imaginación. Fue un episodio real que había permanecido sepultado durante toda la vida.

            Tras relatarle por teléfono lo sucedido, el doctor López de Miguel cambió citas y modificó agendas para atender enseguida a Lucía. La encontró descompuesta, aterrorizada, llorosa. No iba a ser suficiente con la terapia, así que habló con un colega psiquiatra para que, entre ambos, pudieran paliar el sufrimiento de la paciente. En principio era necesario que Lucía exteriorizara, relatara con detalle qué era lo que estaba atormentándola y que, estaba seguro, su mente de niña había bloqueado como mecanismo de defensa. Era de noche. Tendría unos siete años. Estaba jugando en el salón de su casa mientras su padre veía un documental de animales en la televisión. Todo estaba tranquilo hasta que se oyó un portazo. Lucía vio acercarse a su madre casi corriendo por un oscuro pasillo que se alargaba y parecía la gruta de una criatura diabólica con una mueca espantosa y sin quitarle los ojos de encima. Venía chillando, haciendo aspavientos violentos con los brazos y estuvo a punto de tirarse encima de la niña si su marido no la hubiera frenado a tiempo. A pesar de ser un hombre robusto, le costó trabajo reducir a su mujer. Quieta, quieta, le gritaba, mientras se oía el chillido de “te mataré, algún día te mataré, asquerosa, estúpida niña”. Una de las vecinas, a las que el padre de Lucía le había dado una llave, conocedor de los efectos que la enfermedad de su mujer podía tener, apareció enseguida alertada por los gritos. Llévate a la niña, Rosa, llévatela a tu casa hasta que esto se calme. Pero no se calmó, nunca más se volvió a calmar. Su padre llamó a la ambulancia siguiendo el protocolo que le había dado el psiquiatra y se llevaron a la madre al hospital. De allí pasó a vivir a un centro psiquiátrico hasta el final de sus días.

            Juan Carlos la observaba mientras se comían la milhojas y no podía evitar sentir una profunda compasión. Lucía estaba mejor, eso era evidente, pero el camino hasta llegar a este punto había sido muy complicado. Se había quedado muy delgada y su sonrisa se había descafeinado. Había sido un año especialmente difícil, además de que Nuria ya era capaz de notar que algo chirriaba en el ambiente. Lloraba por cualquier cosa y traducía esas malas vibraciones en nerviosismo, como suelen hacer muchos niños cuyos padres viven situaciones estresantes.

            En la misma pastelería en la que se encontraban había una tarta expuesta en una de las neveras con motivos en merengue de una de las películas preferidas de Nuria. Al día siguiente le celebrarían el cuarto cumpleaños y Lucía quiso comprarla. Estaba recién hecha, le aseguró la dependienta. Era un acierto seguro, dijo Juan Carlos, contento de ver a Lucía tan animada. Los cumpleaños de la niña siempre serían una fecha complicada. Coincidía su nacimiento con el fallecimiento de la madre de Lucía. Cuando rompió aguas, Juan Carlos acababa de ser informado por teléfono de que su suegra había entrado en coma. Ya con la niña en brazos, recién nacida, supo el fatal desenlace.

–¿Estás bien? – le preguntó Juan Carlos al subirse en el coche.

–Sí, cariño, me encuentro bien. Mucho mejor que el año pasado – y arrancaron rumbo a casa con la ilusión de la recuperación y el cumpleaños.

            Esa noche Lucía no durmió bien. Se despertó creyendo oír esas palabras terribles de su madre y, aunque volvió a quedarse dormida, no lo hizo de un tirón, sino interrumpidamente. Al día siguiente, amaneció un día precioso. Le habían comprado a Nuria una casita de juguete en la que vivía una familia de ardillas. No le faltaba un detalle. Las camitas, los sillones, la chimenea, incluso platitos y vasitos. Como era sábado, la llevaron juntos al parque infantil y la vieron correr y saltar con amiguitos del colegio que también estaban por allí. Valentina, la madre de Juan Carlos, había avisado de que llegaría un poco más tarde porque el tren en el que viajaba saldría con media hora de retraso, así que disponían de algo más de tiempo para el disfrute de la pequeña. Llegó cansada de tanto jugar, con la cara llena de churretes y el vestido para meterlo directamente en la lavadora. Mientras Lucía le daba un baño, Juan Carlos fue calentando la comida y poniendo la mesa.

–¿Puedo jugar un poquito con la casita y las ardillitas antes de comer? –le preguntó a su madre mientras la peinaba.

–Claro que sí. Así esperamos un poquito a la abuela Valentina, que está al llegar.

            Tenía un pelo rubio rizado precioso. Lucía la vio ir hacia su habitación y se sintió culpable. Ojalá no vuelva a ponerme tan mala, que la niña tenga una infancia bonita, y se fue con Juan Carlos a la cocina para terminar de prepararlo todo. Se miraron a los ojos. Tranquila, con el tiempo lograremos que su recuerdo ya no te haga daño. Vamos, tómate una copa de vino. Justo cuando brindaban, sonó el portero automático. Juan Carlos fue a abrir la puerta y Lucía a avisar a Nuria de la llegada de su abuela. Por el pasillo se oía la voz de la cumpleañera, aunque no se distinguían sus palabras. Qué maravillosa es la imaginación de los niños, pensó.  Pero al acercarse el mundo estalló en mil pedazos. Tumbada en el suelo, con la mamá ardilla en la mano, ponía una voz terrible que dirigía a la ardillita bebé, nadie te quiere, estúpida, y nadie te va a querer nunca. Lucía chilló y su copa cayó al suelo. Juan Carlos y su madre llegaron asustados, justo cuando Nuria, con la sonrisa macabra y la mirada descolocada, un ojo más abierto que el otro, y lamiéndose la comisura de los labios, giraba la cabeza, los miraba, ahora con una ardilla bebé en la mano, y repetía en voz alta: “algún día te mataré, algún día te mataré”.

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Libros de Poesía Naturaleza poética

POEMA MARCIANO

Desde la Luna la hermosura azul

latía en soledad

y en el silencio oscuro.

Vimos por primera vez,

tan bella, nuestra casa.

Se intuye desde Marte

apenas la presencia diminuta

del hogar, punto lejano

en la inmensidad profunda del espacio.

Nos estamos viendo desde allí.

Han llegado las imágenes

del cielo, las montañas,

la voz del viento y lo vacío.

No hay huellas esta vez.

Vuelve a ser otro gran paso.

Cerciorarnos de lo efímero del mar,

de las criaturas,

de la lluvia en las adelfas.

Ir a Marte a descubrir

la grandeza de un delfín

surcando el alma de la Tierra.

(En Naturaleza poética. Antología de ecopoesía y poemas de naturaleza. Ediciones La Imprenta, 2022)