Cada vez que salía del psicólogo, Juan Carlos la llevaba a merendar a una pastelería francesa en la que se servían las mejores milhojas de crema de la ciudad. El hojaldre estaba fresco, crujiente, bien



En el silencio sideral,
maravillados,
se observan Júpiter y Venus.
Todo un año vagando y esperando.

Mientras tiendo la vida en la azotea observo la quietud de la montaña. Si me giro, tengo el mar en la mirada, todo ese azul

Llevo en la piel de la memoria escrita la historia del viento. Los ojos llenos de luz verde, los cabellos en el eco de los

¿Cómo se empieza de nuevo
cuando empezar debiera ser
un verbo hermoso y transparente,
ligero de memorias,
de deudas y reproches?

Me bañé en el viento azul
de una tibia mañana de septiembre,
cuando se para el tiempo en la marea
y los niños melancólicos y rubios
miran hacia el mar desde el colegio.
Quien nada en el azul
nunca regresa indemne a las orillas.

El horizonte azul de la ciudad ha curado mi grisura. Ahora vivo del viento, de las ramas de mi árbol genealógico, de mi propia memoria

Lejos de engañar al lector, de lo que se trata es de posibilitar un discurso efectivo, capaz de traducir lo intraducible. La memoria es expresión de una experiencia, ambas están unidas por el acto mismo de narrar lo vivido, y ese narrar es siempre recrear, puesto que la memoria se compone de alegorías, de metonimias, de tropos que hacen posible toda una semántica ramificada, inagotable, en un mundo, también, inagotable.

Naturaleza poética. Antología de ecopoesía y poemas de naturaleza Coordinada por Miguel Ángel Vázquez LA IMPRENTA 331 PÁG. A estas alturas del año, cuando en muchas regiones de España los ciudadanos han probado su primer polvorón tras un día espléndido en la playa, no cabe duda de que el calentamiento

La cuestión de la palabra revolotea continuamente a lo largo de la novela (“Que él se haya atrevido a hablar así. Que lo haya verbalizado de esa forma. ¡Ha de ser una maravilla ser hombre!”). Mariana, antes de morir, decide regresar al credo judío que dejó al casarse en su juventud.









Cada vez que salía del psicólogo, Juan Carlos la llevaba a merendar a una pastelería francesa en la que se servían las mejores milhojas de crema de la ciudad. El hojaldre estaba fresco, crujiente, bien
Casi había terminado de escribir el último capítulo de la novela. Sus obligaciones parroquiales estaban resultando ser agotadoras desde que se instalara en su nueva residencia, un pequeño pueblo de la sierra granadina. Debía de